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Las tendencias de consumo están cambiando en un mundo que avanza hacia a una revolución ecológica. Las personas se decantan por productos más saludables y sostenibles con el medio ambiente. Por lo que la sostenibilidad en el consumo y la alimentación se han convertido en una tendencia al alza.
España lleva años nutriéndose de una larga tradición en vendimia sostenible. No es de extrañar que el país se posicione como número uno en este ámbito. De hecho, es el máximo exportador de vinos orgánicos además de líder en vendimia sostenible.
El vino ecológico es un producto con una demanda cada vez mayor. Su regulación en España data del año 1989. A medida que el sector avanzaba, las actualizaciones de la Unión Europea se han ido incorporando en la legislación del sector de la producción ecológica.
Este tipo de vino recibe diferentes nombres, pero comparten el mismo significado: vino orgánico, vino ecológico o vino bio. Todas estas denominaciones hacen referencia a un vino procedente de uvas cultivadas de forma ecológica. Estos productos están identificados con un sello verde para certificar su origen ecológico. Por lo que cumple con la normativa y criterios que la Unión Europea ha establecido en ese reglamento.
Los vinos bio requieren de un consumo menor de energía y otros recursos como el agua. Es decir que resultan más ecológicos. Su calidad no se ve alterada por el modo de producción. De esta manera se convierten en la alternativa ideal para quienes aprecien un buen vino y la sostenibilidad en el medio ambiente.
Una vendimia sostenible es un cultivo de uva que tiene como propósito principal conservar la buena salud del suelo. Este tipo de cultivo busca mantener la fertilidad del suelo mediante un óptimo uso de los recursos naturales.
Por ello, para que un viñedo sea considerado ecológico tiene que seguir ciertos requisitos que certifiquen su estatus. Por ejemplo, está prohibido el uso de productos químicos de síntesis como los fertilizantes, insecticidas y herbicidas de este tipo.
En España, incluso, hay empresas que promueven las buenas prácticas para este fin. Por ejemplo, se tienen en cuenta las especies autóctonas para el cultivo, se recurren a insectos depredadores para controlar las plagas, se incorporan levaduras locales en la fermentación de la uva y se reduce el contenido de sulfitos. Este último punto viene contemplado en el Reglamento de Ejecución (UE) nº 203/2012 de la Comisión del 8 de marzo del 2012.
El hecho de utilizar recursos naturales ha propiciado también la vuelta al uso de técnicas de cultivo tradicionales. Este método convencional recurre a fertilizantes orgánicos y compuestos naturales, lo que da lugar a uvas sanas sin elementos que alteren su composición (es decir, su sabor, su textura o su aroma).