
Las precipitaciones en la agricultura son uno de los fenómenos naturales que beneficia a los cultivos. De hecho, existe una estrechísima relación entre el clima y la agricultura. Sin embargo, cuando las lluvias no cumplen con las expectativas, ya sea por escasez o por exceso, puede acarrear numerosos problemas en el sector.
Las precipitaciones resultan muy útiles para aquellas regiones agrícolas que no disponen de riego. Por lo que la lluvia condicionará las fechas de siembra y cosecha, ya que todo depende de la temporada de estas precipitaciones.
Haciendo uso de esta práctica como método de riego, se consigue cumplir con la economía circular del sector. Ya que el agua se obtiene como recurso de la naturaleza y vuelve a la tierra.
Al igual que las lluvias son necesarias para abastecer con su agua el riego del cultivo, también pueden resultar realmente perjudiciales.
La temporada de lluvias no es un período fijo en el que se puede pronosticar la cantidad exacta de agua. Por ello, las regiones que dependen de esta agua como su riego, deben centrar su fortaleza en la tierra, de manera que no llegue a encharcarse en caso de exceso. O en caso de ausencia, se deben contar con depósitos de agua de otras temporadas para abastecer el terreno.
En la península, cuyo clima se aleja de las características de uno tropical, su vegetación autóctona está adaptada a las lluvias moderadas. Es un clima suave. Por lo que, con el exceso de lluvias, los cultivos se ven afectados de forma muy negativa. Se pudren y por lo tanto se pierde la cosecha.
No obstante, en caso de sequía, también se deterioran las plantas. Aunque en España se cuentan con depósitos de agua en muchos lugares, por lo que se puede aguantar un cierto tiempo.